Leopoldo Méndez.

"La venganza de los pueblos"
Autor: Leopoldo Méndez, Técnica Grabado, Medidas de 35 x 28 cm, Año 1942.

"La venganza de los pueblos"(detalle)

"La venganza de los pueblos"(detalle)
Leopoldo Méndez
30 de Junio de 1902 - 8 de Febrero de 1969.
"Nació en la Ciudad de México el 30 de Junio de 1902, hijo de una familia
pobre, quedó huérfano de padre a temprana edad y se formó con un tío. Desde
pequeño mostró afición por el dibujo y a los dieciséis años ingresó a la
Academia de San Carlos. Méndez fue más bien un autodidacta; su cultura se
enriqueció con lecturas, con la observación de las obras de los grandes
maestros y con la aplicación de su fino sentido crítico.
Una vez que se aleja de la Academia de San Carlos, Méndez se acerca al grupo de Alva de la Canal, Díaz de León, Revueltas, Bolaños, Leal, etc. Recorre la República, siempre descubriendo los tesoros del arte popular, objeto de su apasionado interés, con el que forma una gran colección.
Hacia 1928 participó en las revistas Norte y Ruta de Veracruz, ya para entonces había ilustrado la revista Zig-Zag y algunas ediciones de libros como Los de abajo de Mariano Azuela.
De regreso a la capital de México, Méndez afirmó su
resolución de trabajar en el grabado, sin abandonar la pintura.
Para él, vivir era crear, era aportar una visión nueva del mundo. Méndez lo
sentía así y rechazaba la fanfarria banal, el brillo intrascendente. Supo
mantenerse firme en sus concepciones, progresó en su disciplina y logró que su
arte fuera estimado por su autenticidad y su fidelidad a los más nobles valores
humanos.
Mientras algunos maestros del grabado moderno adoptaban una actitud general humanística ante la vida, Méndez se conducía con una intención militante, no temía poner en juego todas las ideas, pensamientos, intuiciones y visiones para fortalecer un lenguaje plástico al servicio de su mensaje de hombre profundamente comprometido en los cambios que marcaban su época.
Si exponía en sus dibujos y grabados el mundo como es, lo acompañaba una idea o un sentimiento implícito de protesta, para que la impresión estimulara los más profundos resortes morales y se sintieran las orientaciones que deben regir a la nueva sociedad.
Al sentir que la L.E.A.R. (Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios)a la que pertenecían, se extraviaba de sus propósitos por falta de acción, Leopoldo Méndez, Pablo O´Higgins, Ángel Bracho y Luis Arenal, decidieron continuar la tarea de aplicar los recursos de la plástica a las luchas sociales y satisfacer las aspiraciones del pueblo mexicano fundando el Taller de Gráfica Popular.
Su gran curiosidad y su deseo de que el arte sirviera al pueblo, lo interesaron en la creación del teatro infantil, por medio de títeres, iniciada en casa del escultor Germán Cueto.
A lo largo de sus casi 67 años de edad, Leopoldo Méndez creó una gran cantidad de grabados y dibujos que sirvieron para ilustrar la edición de libros y revistas, carteles y películas.
Leopoldo Méndez ocupa un sitio sobresaliente en la historia del grabado universal.
Referencia Internet, Información (septiembre 2004).
www.cnca.gob.mx/bibart/alartef/alarte5.htm
Ediciones Especiales del Periódico LA JORNADA, en honor a Leopoldo Méndez. Centenario.
Elena Poniatowska
Leopoldo Méndez, cien años de vida/ I
Hace unos días Carlos Monsiváis comentó en la casa: ''Sería el colmo que nadie recordara el centenario de Leopoldo Méndez, el 30 de junio de 2002, pero tal y como anda la cultura puede suceder". Méndez es sin duda el grabador más prestigioso que ha dado México, después de José Guadalupe Posada. Pertenece al llamado Renacimiento Mexicano y su nombre bien puede añadirse al de los Tres Grandes y al de Rufino Tamayo. Hace suyo al maravilloso México de Lázaro Cárdenas, Heriberto Jara, Isabel Villaseñor, Federico Canessi, Ignacio Millán, las hermanas Campobello, María Izquierdo, Gabriel Fernández Ledesma; Lola y Germán Cueto, Germán List Arzubide; José, Fermín, Silvestre y Rosaura Revueltas; Ramón Alva de la Canal, Xavier Guerrero y Tina Modotti; Carlos Mérida, Juan de la Cabada, Manuel y Lola Alvarez Bravo; Dolores del Río, el Indio Fernández y Gabriel Figueroa, quien le pidió que hiciera los grabados para las películas Río escondido, Pueblerina y La rosa blanca. Eran verdaderos murales en los que después de ocho segundos se superponían los títulos, pero se seguía viendo el grabado; bueno, los 10 grabados de Leopoldo, cada uno más explosivo y emotivo que el otro.

Carteles antifascistas durante la Segunda Guerra Mundial
Hijo de una familia pobre, nunca buscó las candilejas. Nadie del Taller de Gráfica Popular (TGP) las buscó, al contrario, los grabadores fueron tan modestos que hasta llegaron a borrarse a sí mismos. Leopoldo Méndez fue sin lugar a dudas el más destacado y el de mayor envergadura. El nacimiento del TGP coincidió con el sexenio de Lázaro Cárdenas y sus programas de educación socialista. Cuando después de una crisis se disolvió la LEAR (Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios), en 1938, Méndez, Pablo O'Higgins y Luis Arenal, impulsados por David Alfaro Siqueiros y Javier Guerrero -que pertenecían a la sección de Artes Plásticas de la LEAR- decidieron fundarlo para convertirse en los intérpretes de un pueblo en lucha y manifestarse en contra del arte elitista. Pintarían, dibujarían, escribirían en un lenguaje sencillo y comprensible para los mexicanos más pobres. Ya Orozco, Rivera y Siqueiros reivindicaban a los indígenas en los muros de los edificios públicos del Centro, Leopoldo Méndez (así como Posada) decidió que los mensajes gráficos en volantes, en carteles, en periódicos serían la mejor manera de acercarse al mexicano común y corriente. Sólo necesitaban un impresor, José Sánchez, y una prensa litográfica y así impulsaría a la recién fundada CTM (Confederación de Trabajadores de México), a los maestros en lucha por la democracia, a los ferrocarrileros, a los trabajadores de Petróleos y Electricidad, a los barrenderos. ''Ligo mi obra a la lucha social" -manifestó Leopoldo en alguna ocasión.
Los dos pilares del TGP fueron dos hombres: uno moreno y guapísimo, y otro rubio y guapísimo: Méndez y O'Higgins, que además se querían como hermanos.
En julio de 1944 sólo había siete miembros del Taller (Aguirre, Bracho, Méndez, Mora, Ocampo, O'Higgins y Zalce). A fin de año entraron Alberto Beltrán, Fernando Castro Pacheco y se reincorporaron Luis Arenal, Raúl Anguiano.
Otros miembros fueron Jesús Escobedo, Everardo Ramírez, Antonio Pujol y Gonzalo de la Paz Pérez, que se reunían a grabar en linóleo y en piedra, primero en la calle de Regina y luego en Belisario Domínguez 69. Muy pronto a estos fundadores iniciales se unieron otros más jóvenes: Mariana Yampolsky (primera mujer miembro del TGP); Gustavo Monroy, Roberto Berdecio, Elizabeth Catlett, Isidoro Ocampo, Oscar Frías, Antonio Franco, Jesús Escobedo, Francisco Dosamantes, José Chávez Morado.
Entre todos ellos destacó la fuerza y el talento generoso de Leopoldo Méndez, hijo de un zapatero y de una campesina. Ninguno alcanzó una obra tan sobresaliente, ninguno con esa leyenda de grandeza. Sus grabados tienen una fuerza impactante, golpean en plena cara; Leopoldo estigmatiza la brutalidad de la pobreza porque burila su crueldad.
Junto al genio de Posada, la capacidad de Méndez sólo puede compararse con la de José Clemente Orozco. Representa una sociedad injusta y desgarrada, acosada por la corrupción y el descrédito. Leopoldo Méndez le abre la boca a un espantoso empresario que estira sus labios con sus propias manos para que entren en avalancha las monedas y titula su grabado: Algunos tragan mucho.
Otro igualmente impresionante es La venganza del pueblo (Homenaje al heroico ejército de guerrilleros yugoslavos) grabado en linóleo en 1942 en el que un hombre enfurecido levanta un hacha sobre los responsables de la guerra teniendo como fondo un paisaje en llamas, pero el que más me conmueve es el El tren. Un soldado nazi abre un vagón y, lámpara en mano, señala a los aterrados judíos conducidos al campo de concentración.
De joven, Méndez había pertenecido al grupo de los estridentistas, y Manuel Maples Arce y Germán List Arzubide fueron sus amigos. Alumno de San Carlos y también de las Escuelas al Aire Libre, la de Ramos Martínez y la de Chimalistac, Méndez no sólo fue ''pato" (ayudante de escenógrafo) sino que viajó mucho por la República y anduvo como maestro en las Misiones Culturales: Jalapa, Veracruz, Guadalajara, el estado de México y hasta Los Angeles, donde montó su primera exposición en 1930. Sus grandes zancadas y su pelo rebelde se volvieron proverbiales. Miembro fundador de la LEAR (1933-1937), a él se debe el Taller de Gráfica Popular. Enemigo de Hitler, por él, 32 mil carteles fueron repartidos y fijados en 16 semanas en todas las calles del Centro, así como volantes y calaveras satíricas en contra de los acaparadores, los traficantes, los políticos, los revolucionarios enriquecidos. También por él se recupera el amor a los códices y sobre todo se valoriza la obra de Posada, su extraordinario antecesor. Méndez recupera las calaveras y lanza las suyas en contra de los propietarios y los rompehuelgas. Hannes Meyer, del Bauhaus, publica en 1949 doce años de obra artística y colectiva del TGP que comprende a 50 artistas gráficos, y Yampolsky se estrena como fotógrafa con su cámara Rolleicord al retratar a cada uno de ellos y ocuparse de exponer su obra tanto en México, Estados Unidos y Europa. Al hacerlo, se da cuenta de que la fotografía le gusta casi tanto como el grabado.
Emoción por el mar
Cuando conocí a Leopoldo Méndez, en 1956 (creo), estaba casado con Andrea Hernández y tenía dos hijos: Pablo y Andreíta. A ella le ayudaba a hacer la tarea. Era un hombre dulce y afectuoso, nunca tuvo un exabrupto, sabía escuchar y hacer suyos los problemas de los demás. Fue tierno, muy bondadoso con sus hijos, los quería mucho y les hablaba en ''ito", todo se los decía en chiquito, como si fueran niños, a lo mejor así los vio siempre. Cuando su hija estaba en la secundaria, daban las 10 de la noche, ella no terminaba su tarea y Leopoldo, preocupado, sugería:
-Hijita, ya acuéstate.
-Todavía me falta la prueba de dibujo.
-Yo te lo hago, vete a acostar hijita linda.
Esa noche Leopoldo permaneció hasta la una de la mañana dibujando, pero al día siguiente cuando regresó de la escuela, Andreíta le dijo llorosa que la habían reprobado precisamente en dibujo. El fue a la escuela a buscar al maestro, quien resultó ser su amigo y éste le dijo: ''¡Qué mala es para dibujar tu hija, no salió a ti!"
Las mujeres se enamoraban de Leopoldo Méndez a las primeras de cambio. ''¡Es que Leopoldo es un tipazo!" María Sten lo chuleaba muchísimo. ''¡Ay, pero qué guapísimo!", y él se ponía colorado. Era modesto, muy humilde, se bañaba dos veces al día y gastaba su poca ropa a puro talle y talle en la piedra del lavadero, tanto que en Holanda, donde no son tan aficionados a la regadera (quizá por lo mismo de los canales), le pusieron Mister Clean Clean cuando fue a imprimir el libro del muralismo para el Fondo Editorial de la Plástica Mexicana.
Mariana Yampolsky guardó muchos recuerdos de Leopoldo en relación con el agua y contaba que se metía a cuanto charco, lago o río veía a lo largo del camino, y cuando todos decían que hacía un frío terrible él se tiraba al río y lo cruzaba a grandes brazadas. Siempre lo emocionó el mar, ver el mar, entrar al mar y seguir con la vista al sol que se mete, mojarse bien mojado y después cantar a voz en cuello mientras se secaba y volvía a vestirse, canciones populares de las que Concha Méndez (la mujer de Hernán Laborde) fue recogiendo por toda la República mexicana.
En las fiestas cantaba y era muy platicador, pero nada lo exaltaba tanto como sus salidas al campo que lo hacían recordar un sinfín de anécdotas sabrosísimas y recorrer sus cuadernos de apuntes que hoy por hoy son verdaderos tesoros, como deben serlo también los de Alberto Beltrán, quien adquirió de su maestro la costumbre de hacer apuntes en la calle y en el campo de todo lo que veía. Tenía la risa fácil este Leopoldo Méndez y la sonrisa infinitamente tierna. Disfrutó de cada día y nunca tuvo grandes depresiones, al contrario, lo único que le desesperaba era sentir que no le salía su trabajo. Dice Rafael Carrillo que la goma de borrar fue el peor enemigo de su obra, porque cuando a él (Rafael) le parecía ya extraordinario el dibujo, Leopoldo borraba para volver a empezar. A muchos irritaba esta inconformidad. ''¡Qué desesperación contigo, Leopoldo!" ''Es que no está bien, no puede quedarse así, no estoy tranquilo". Todo lo hacía con gran esmero tardándose mucho, y a lo largo de los años se volvió cada vez más exigente consigo mismo.
Siempre llamó mi atención que hablara de sí mismo utilizando la primera persona del plural. Lo interrumpía: ''¿Quiénes son 'nosotros', tú, Leopoldo y quién? ¿Quiénes estaban contigo?". El se excusaba:
-No me gusta emplear la primera persona.
-Es que se presta a confusión.
-No le aunque, no me gusta decir ''yo".
-Es que me complicas mucho la entrevista. ¿Por qué no dices sencillamente ''yo"?
Siempre he sido impertinente y media y él fue un hombre muy fino en sus modales y en su expresión. Nunca mostró que alguien le cayera mal, lo importunara o le quitara el tiempo. Al contrario, asumía la pena ajena, la insistencia ajena, la torpeza, la ignorancia. Este hombre supo crear en torno de él un ámbito amoroso porque conocerlo era quererlo y admirarlo, y él a su vez siempre supo dar amor.
A los 60 años, Méndez se enamoró de nuevo de Micaela y su enamoramiento me llamó prodigiosamente la atención. Micaela lo conoció porque en La Esmeralda le dijo Antonio L. Ruiz: ''El maestro Leopoldo Méndez necesita una modelo para hacer unos grabados para los titulares de la película El rebozo de Soledad. Por favor vaya usted a verlo". Cuando la vio, Leopoldo ya no pudo dejar de verla. Hipnotizado no le quitó los ojos de encima al grado de que Micaela, molesta, le preguntó: ''¿Qué tanto me ve, señor?". Leopoldo no dejaría de verla sino hasta la hora de su muerte.
El loco amor
Ese señor que ven ustedes parado en la esquina esperando su camión, ese hombre que sube y se sienta con los pies para adentro y cuando levanta la vista tiene el cabello en la frente y le dicen ''copete de hueso", porque siempre se le caen los mechones, ése se llama Leopoldo Méndez. Vive muy lejos, lejísimos, por la Villa, pero no a la sombra de la Virgen, sino en esas colonias de casuchas que se refugian en la serranía, se apeñuscan como cabras, se recargan las unas en las otras deteniéndose con los codos, agarrándose con las uñas para no venirse abajo, apretujándose en la falda de la montaña, aunque no tenga agua, ni luz ni drenaje ni fosa séptica ni maldita la cosa. ''¡Esquina, bajan! ¡Arrancan, vámonos!"
Bueno, ahora sí, ya pasamos los Indios Verdes, ahora falta poco, por allí por donde ya no trepa el camión y los senderos se vuelven un puro hilito, allí baja Leopoldo y camina levemente encorvado, atisbando a lo lejos, la mirada café entre los mechones grisáceos y prematuramente blancos, sus cuadernos de dibujo, su papel, un periódico y algún otro libro bajo el brazo; sus gruesos zapatos de pobre cubriéndose con el polvo del camino. Decía Yampolsky que nadie vivió nunca en barrios tan populares ni tan pobres ni tan alejados de su trabajo, nadie viajó nunca tantas horas para ir y venir al Centro, ni siquiera los que ahora viven en Ciudad Nezahualcóyotl y dicen que hacen tres horas en la mañana y tres horas en la noche y regresan todos traqueteados con el pasamanos encajado en los riñones, la hojalatería temblándole en las manos, la peste de la gasolina recorriéndoles el alma.
(Leopoldo siempre caminó a grandes zancadas, sus ojos de mirada fuerte viendo hacia adelante. Todo en él era fuerza, su mirada, sus manos, sus zapatos, sus dientes de bellísima sonrisa, su pobreza, su infinita pobreza, porque nunca salió de pobre. Ni buscó salir.)
Cuando vivió con Micaela fue aún más pobre, porque todo lo dejó en su primera casa, su sueldo y sus cosas personales.
Sin embargo, Leopoldo fue feliz en esas tres y sucesivas casas de palo y de cartón que inmediatamente volvió hermosas porque las cubría con sus dibujos y pinturas, apuntes de Micaela sonriendo, recargada sobre un brazo, dormida; de Micaela mirando hacia lo lejos, mirándolo asombrada de que él la amara tanto. Micaela barría muy bien el piso, escombraba con cuidado y para dar de comer se iba al monte a traer plantas y hierbas, diente de león, y tlanchalahua, cocolmeca y papaloquelite, Santa María y aluzema y muchas otras que recogía en un delantal y guisaba después; huazontles, hongos en época de lluvias, nopales tiernos y verdes, verdolagas que dejan un sabor acidito en la boca.
Con qué gusto sopeaba Leopoldo su tortilla en el caldo de frijol, con qué gusto también levantaba los ojos del plato para ver a la mujer amada porque en ésa época Leopoldo decidió vivir con Micaela su amor de hombre maduro y lo dejó todo por ella. En cambio, les daba a sus dos hijos hasta lo que no, ¡la canija culpabilidad! Papá que regálame una motocicleta, papá que quiero aprender a tocar el piano y sin piano en casa no aprendo, y allí iba Leopoldo anhelando comprar pianos y licuadoras con tal de que a él le dejaran su pedazo de cielo allá en el monte.
La atracción que el campo ejercía sobre Leopoldo siempre fue muy grande y gozaba en la aspereza de la falda de la montaña, con las limitaciones de la pobreza, los pocos trastes, los tres palos de su tendido. Al vivir con muy poco justificaba su posición política y al vivir su amor llenaba de sentido todas esas superficies trabajadas con gubias, las vetas que deja el buril, los múltiples canales que se ahondan en la plancha de madera, en la del linóleo, grabadas durante años con un cuidado extremo, con infinita paciencia y que ahora le saltaban al rostro llenándoselo de líneas, de pequeñísimos surcos, cortándoselo al hilo, afilándolo, volviéndolo cada vez más espíritu. Por eso nada es tan hermoso como el retrato de Micaela en su vestido amarillo.
Referencia Internet, Información (septiembre 2004).
www.jornada.unam.mx/2002/may02/020523/02aa1cul.php?printver=1
Elena Poniatowska
Centenario de Leopoldo Méndez (1902-1969)/ II
Andar en la quinta chilla
Leopoldo Méndez siempre anduvo en la quinta chilla, los centavos de su transporte perdidos en la bolsa del pantalón. No sólo fue pobre, sino casi huérfano. ''Mi mamá murió cuando yo era un niño de brazos. Éramos ocho hermanos, mitad hombres y mitad mujeres. Otro hermano murió muy pequeño". El niño Méndez vivió de manera indistinta en casa de su tía Manuela y en casa de su padre, antiporfirista con razones y experiencias propias para serlo. El y todos sus hermanos, en su juventud, habían sido comerciantes en un pueblo minero llamado El Oro y el jefe político del lugar los hizo huir de allí incendiándoles la tienda. ''Dicen que de niño era yo muy malgenioso y muy gestudo; siempre estaba peleando con todos, sobre todo con mis hermanos". Naturalmente era a él, por ser el más chico, a quien le tocaban los mandados; que vete por las tortillas, que tráeme una botella de cerveza de las que llamaban de mecate; que pásate con Chonita y encárgale el café; que acompaña a tu hermana mayor a que dé la vuelta con el novio, porque ninguna mujer debe andar sola nunca; recuerda que a la mujer no se le toca ni con el pétalo de una rosa y allí iba el niño recorriendo calles y viendo a la gente sencilla de su pueblo luchando por sobrevivir. Así fue como Leopoldo grabó en su mente (y en su corazón) las escenas que más tarde pasaría a la hoja de papel, al linóleo, a la lámina, a la piedra, al lienzo.
Este señor a quien no le gustaba decir ''yo" fue uno de los grandes artistas de nuestro tiempo, sin duda uno de los mejores grabadores contemporáneos, el más riguroso, el que vivió con mayor plenitud. Cuenta en su haber más de 700 grabados que podrían exponerse junto con los de Kathe Kolwitz y Franz Masereel. Y sus muchos dibujos no desmerecerían junto a los de Daumier, Durero, Goya y Rembrandt.
En 1962, Méndez cumplió 60 años. En agosto sus amigos y el Instituto Nacional de Bellas Artes se reunieron en la sala Manuel M. Ponce para rendirle homenaje. Entonces pudo darse cuenta cuánto lo querían, no sólo sus amigos sino cualquiera que por una razón u otra tuviera la oportunidad de tratarlo. Era entrañable, humilde y además tenía sentido del humor. Al dar las gracias, Leopoldo dijo que apenas ahora, a los 60 años, sentía que había aprendido un poco acerca del arte y de la pintura, que apenas empezaba a penetrar en él, que ojalá y le fueran dados otros 60 años para ser verdaderamente útil. En esto coincidió con Hokusai, quien hace más de 150 años dijo: ''Desde la edad de seis años tuve la manía de dibujar las formas de las cosas. Cuando tenía 50 años, había publicado una infinidad de dibujos; pero todo lo que hice antes de los 60 no es digno de tomarse en cuenta. A los 63 aprendí un poco acerca de la verdadera estructura de la naturaleza, de los animales, plantas, árboles, peces e insectos. En consecuencia, cuando llegué a los 80 años, ya había logrado más progresos; a los 90 penetré en el misterio de las cosas; a los 100 había alcanzado un periodo maravilloso, y cuando tengo 110 años todo lo que hago, sea un punto o una línea, tiene vida. Yo suplico a aquellos que han vivido tanto como yo, que vean si no digo la verdad".
Leopoldo, verdadero maestro, el buen pintor, el grabador mexicano, el que nunca ha hecho nada al azar, el hombre que dialogó con su propio corazón, me permitió a lo largo de varias entrevistas que recogiera sus palabras. No hablaba muy espontáneamente, sino con mucho cuidado; reflexionaba antes de dar cualquier respuesta y estaba muy pendiente de que apuntara yo las cosas exactamente como él las decía. Nunca o casi nunca pude meter mi cuchara. Una entrevista para él era una cosa seria, como todo, como la vida.
''El México que yo vi al despertar a la vida era todavía el México de la época de Porfirio Díaz y gran parte del México colonial que hoy se destruye tan vertiginosamente como vertiginoso es el ascenso avariento de una clase empresarial ramplona. Yo vivía indistintamente en la casa de mi tía Manuela, en la casa de mi padre o en la casa de mi abuela materna. Tenía yo diez años y medio cuando lo de la Decena Trágica, que acabó con la traición de Victoriano Huerta y los asesinatos del presidente Madero y el vicepresidente Pino Suárez. Entonces experimenté sobre mi cabeza la primera lección de política sin discusión posible. Mi hermano Joaquín, seis años mayor que yo, descargó con todo su coraje un coscorrón sobre mi mollera al tiempo que decía: '¡Maderista a ojo!' Esto, al tiempo que reventaban sobre el techo celeste las granadas que disparaban los reaccionarios desde la Ciudadela.''
El mal camino del dibujo
-Y el dibujo, ¿cómo toma usted ese camino?
-En los últimos años de primaria comencé a tomar interés por el dibujo. Había en mi salón otro niño que decía ser muy bueno para dibujar y yo me medía con él dibujando batallas marinas. Ambos éramos cabecillas de dos bandas contrarias. La guerra se realizaba con dibujos y el chiste era apoderarse de los dibujos del bando opuesto. Naturalmente dibujábamos barcos. Una vez, al ver mi dibujo, dijo mi enemigo. ''¡Uuy, esta es una tempestad en un vaso de agua!" Desde entonces supe de la crítica de arte, pero creo que aquella era mejor que mucha de la que se hace hoy.
''Un profesor de dibujo en la primaria que pintaba flores al óleo sobre tela de raso y que era buen amigo mío me puso en este mal camino, malo para mí porque hoy veo que otro quizá debía haberme cuadrado mejor. Le hice un retrato a don Venustiano Carranza el día de su santo. Después, este mismo maestro me enseñó un recorte de periódico cuyo encabezado decía: 'Regalos al primer jefe', pero en el texto sólo se mencionaba al maestro. Pero no era el hacer por hacer que me había empeñado en mi casa, sin que nadie me lo pidiera, a retratar a don Venustiano Carranza. Fue la respuesta a mis impresiones de la entrada del Ejército Constitucionalista a cuya cabeza venía el Varón de Cuatrociénegas (como le decían a don Venustiano). Al recibimiento habíamos asistido todos los de la familia llevando un ramo de flores que con tanto cuidados cultivábamos en las pobres macetas de la casa. Mi familia se sumaba así al jubilo popular.
''Tres años más tarde salí de la primaria directamente a San Carlos, de la mano de mi tía Manuela. Esto era en 1917."
-¿Quiénes fueron sus maestros?
-Mis maestros en San Carlos eran Ignacio Rosas, Saturnino Herrán, Francisco de la Torre, Leandro Izaguirre y Germán Gedovius. Pero en San Carlos estuve poco tiempo, porque en 1920 empezó la agitación para reabrir las escuelas de pintura al aire libre. Yo era el más joven de los que componían el alumnado de esta nueva escuela; la de Chimalistac, que dirigía Ramos Martínez, y también quizá el que tenía más ilusiones y más curiosidad. Estudiar allí me fue útil porque empezamos a ver más allá de las cuatro paredes de un estudio cerrado. Lo que no fue bueno para mí, en particular, es que lo único que podía pintar era lo estático y ningún maestro me pedía que pintara lo vivo, el movimiento. Me sentaban ante el paisaje, pero sin ver la figura humana o los animales. Afortunadamente la necesidad de trabajar para comer me hizo ilustrar los cuentos, poemas y artículos que me daban mis amigos para que se publicaran en revistas y periódicos. Los temas me pedían algo más que el paisaje.
-Esos amigos, ¿quiénes eran?
-Mis amigos, poetas y escritores que hacían mucho ruido, se llamaban a sí mismos ''estridentistas''. Los únicos que recuerdo son Manuel Maples Arce, Germán List Arzurbide, Fermín Revueltas, Ramón Alva de la Canal, Arqueles Vela, Germán Cueto y un francés, Gastón, que se ganaba la vida vendiendo corbatas en la calle y que hacía poemas muy chistosos. Más que nada, los estridentistas hacían versos y el que tenía que trabajar más que ninguno era el tipógrafo, que debía usar tipos diferentes a cada renglón del poema y darle además la estructura caprichosa que había escogido el poeta.
Referencia Internet, Información (septiembre 2004).
www.jornada.unam.mx/2002/may02/020524/07aa1cul.php?printver=1
Elena Poniatowska
Centenario de Leopoldo Méndez/ III y última
El estridentismo no trascendió
''El estridentismo -expresaba el grabador Leopoldo Méndez- no logró trascender dentro de la cultura mexicana, al menos como movimiento. La nuestra era una posición de protesta en contra de lo que considerábamos académico y convencional en el arte. El estridentismo, en su intención, era algo así como el dadaísmo en Francia o el marinettismo en Italia. Fue sólo un reflejo de los movimientos futuristas y de las inquietudes que se manifestaban en Europa después de la Primera Guerra Mundial. Pero es interesante hacer notar que todos los que formaron este grupo pertenecen al campo progresista del México actual.
''En 1921 se editó la revista Irradiador, órgano
de los estridentistas, pero nosotros le decíamos 'Irrigador'. Yo hacía dibujos
con intención modernista. No diría que eran cubistas, pero tenían cierta
influencia de lo que Diego Rivera había traído a México de su época cubista
en Europa. Estos dibujos son totalmente distintos a los posteriores, pero la
producción fue corta.
"Dentro de mi formación, considero que estudiar en San Carlos fue bueno
para mí porque teníamos siempre un modelo vivo. Allá, durante el tiempo que
estuve, estudiamos y dibujamos más que lo que se practicó años después. Todo
lo tomábamos más en serio, con más responsabilidad. Las clases comenzaban a
las ocho de la mañana y terminaban a las 10 de la noche. Fueron compañeros míos
Julio Castellanos y el Corcito, Antonio Ruiz. Trabajábamos con verdadera
pasión tratando de resolver nuestros problemas a veces con buenas indicaciones
de nuestros profesores y a veces sin ninguna, porque hay profesores a quienes
podemos llamar maestros y otros que no son más que profesores. Puedo decir
ahora que mis maestros fueron Izaguirre, Herrán y Gedovius."
A Leopoldo, Ignacio Millán lo invitó en 1938 para que lo ayudara en la ilustración y el formato de una revista cultural que se hizo en Veracruz, Norte. Además, el doctor Millán le consiguió una chamba, muy triste, bueno, a veces divertida, en Sanidad del puerto. ''Tenía yo que autopsiar diariamente antes de la comida, por lo menos una media docena de ratas en descomposición para investigar si había peligro de peste. Pero por la tarde, me desquitaba yo yendo a tirar la cubeta con las ratas, mar adentro, y buenos sustos me pegaron, en alguna ocasión los tiburones que rodeaban mi barquita. ¡Ah, Chihuahua!
''Ese año de 1928 fue un año de trabajo fructífero porque dibujaba yo, grababa, para hacer la revista; también hacía carteles de propaganda revolucionaria que yo mismo tenía que fijar en las paredes. ¡De la autopsia de las ratas pasé a las Misiones Culturales, cuando Ezequiel Padilla era ministro de Educación. Fui misionero unos cuantos meses, pero nunca dejé de hacer dibujos para dos periódicos: El Sembrador, órgano del Partido Nacional Revolucionario, y El Maestro Rural, que editaba la Secretaría de Educación Pública. Tuve suerte en eso de las ilustraciones.
''En esos periódicos conté especialmente con la comprensión generosa y la estimulante ayuda del maestro Gilberto Bosques quien, junto con Rómulo Velasco Cevallos, lo dirigían. ¡Cómo los hice batallar con mis tardanzas! Iban hasta donde yo estaba de misión para urgirme mi colaboración. Desde aquel entonces he trabajado para el Estado mexicano con verdadero interés en todo lo que he considerado útil, de progreso social, económico y político que éste ha realizado, así como lo he criticado en todo lo que me ha parecido negativo y contradictorio.
''Soy, por tanto, un producto de lo que es mi país y su gobierno, en sus retrocesos; para combatir con la crítica los retrocesos, trabajé en la prensa más radical con grabados y dibujos.
"Empecé a tener contactos con gente y con amigos que sabían que hacía yo grabados, y como no tenía muchas pretensiones monetarias, mis amigos que eran bastante arrancados me buscaban para que les ilustrara trabajos. Ya para entonces las manifestaciones revolucionarias se seguían la una a la otra y hacíamos carteles, volantes y desplegados para los periódicos, y como éste nunca ha sido un trabajo retribuido, las cosas siguieron difíciles. De todos modos no me quedaba yo sin comer.
''Cuando regresé de las Misiones Culturales empecé a conocer más a fondo los grabados de José Guadalupe Posada mediante la revista que Frances Toor publicaba: Mexican Folkways. También Gabriel Fernández Ledesma dirigía otra revista muy buena: Forma. Tuve conciencia del movimiento artístico que se desarrollaba en México con gran fuerza. Se habló entonces mucho de Posada como de un precursor del movimiento muralista mexicano aunque, como se verá, éste fue años más tarde de que aquél se iniciara. Desde esas épocas, en la medida de mi capacidad de producción, he colaborado en casi toda publicación avanzada, fuera política o simplemente cultural. Mis estímulos han sido en gran parte las agrupaciones de artistas en las que se trabaja con miras muy amplias, cual debe ser. Cuando éstas dejan de ser así las he dejado o simplemente me he alejado."
Piedra de toque
Tuve el privilegio de escuchar no sólo a Leopoldo Méndez sino a Pablo O'Higgins, Mariana Yampolsky, José Sánchez, el impresor; Alberto Beltrán, Andrea Gómez, Rafael Carrillo, Fanny Rabel, Adolfo Mexiac. También sus grandes amigos, los periodistas de El Popular entre quienes se contaba el fabuloso José Revueltas, eran en cierta forma sus ideólogos, como lo fueron Narciso Bassols y Vicente Lombardo Toledano. Adoraban todos a Macrina Rabadán, una diputada de rebozo y sonrisa subyugante que finalmente no logró hacer gran cosa en el sexenio de Adolfo López Mateos, quien también admiró mucho a Leopoldo por medio de Gabriel Figueroa, y por él creó el Fondo de la Plástica Mexicana para hacer extraordinarios libros del arte de México.
''No he vuelto a encontrar hombres y mujeres tan desinteresados; escuchar a Pepe Alvarado era una maravilla y solía hablar durante horas con un 'pálido jaibol' en la mano. También Francisco Martínez de la Vega solía platicar con Ricardo Cortés Tamayo, Sara Moirón y Antonio Vargas Mc Donald. Amigos de Rafael Galván, quien atacaba a los famosos líderes corruptos llamados los ''cinco lobitos"; todos citaban de memoria a José María Luis Mora, Ignacio Manuel Altamirano y Angel del Campo Micrós. Eran sus héroes. A los jovencitos del suplemento México en la Cultura, de Fernando Benítez, los veían como cachorros. ''No son lo suficientemente nacionalistas". Odiaban lo extranjerizante. Decían que deformaba el gusto.
Hasta Leopoldo, por lo general tranquilo, hablaba de ensalzar a los héroes nacionales, los científicos nacionales, la artesanía popular, la belleza plástica vinculada a la colectividad, es decir a los explotados, los apaleados, los que viven al margen. Todo lo suyo, hasta un lápiz sin punta, Leopoldo lo llamaba ''material de lucha". Si yo aventuraba que Cortázar había publicado Rayuela y Mario Vargas Llosa La ciudad y los perros, Alberto Beltrán me fulminaba con la mirada. Leopoldo no. Siempre se preguntó si la obra que él mismo hacía respondía a las necesidades de los trabajadores y en las discusiones colectivas del Taller de Gráfica Popular que habría de diluirse a partir de su salida. Leopoldo Méndez fue la piedra de toque, el guía, el generoso, como también lo fue Pablo O'Higgins, quien escuchaba con respeto y curiosidad a todos.
Militante y gran artista
Este año se cumple el centenario de Leopoldo Méndez (1902-1969), cuya obra, según valora Elena Poniatowska, lo distingue como uno de los "grandes artistas de nuestro tiempo y uno de los mejores grabadores contemporáneos".
Militante del Partido Comunista Mexicano (PCM) y miembro, en los años 30, de la emblemática Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios (LEAR), además de colaborador del Taller de la Gráfica Popular -del que fue uno de sus fundadores- sus dibujos ''no desmerecen ante un Daumier, Durero, Goya y Rembrandt", escribe Poniatowska. Méndez obtuvo en 1946 el Premio Nacional y realizó grabados para las películas Río Escondido (1947), La rebelión de los colgados (1954) y Un dorado de Pancho Villa (1966), entre otras.
Referencia Internet, Información (septiembre 2004).
www.jornada.unam.mx/2002/may02/020525/05aa1cul.php?printver=1
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