Alberto Beltrán.

"Cañera"

  VENDIDA

Autor: Alberto Beltrán, firmada, Técnica Litografía, Medidas Imagen 28.5 x 35  cm.

 

ALBERTO BELTRAN (1923-2002)  (I)

Ernesto de la Torre Villar

Instituto de Investigaciones Históricas

En la ciudad de México vio la luzprimera Alberto Beltrán García el 22 de mayo de 1923. Surgió a la vida cuando el revolucionario arte impulsado por Diego Rivera, Gerardo Murillo, Jean Charlot, David Alfaro Siqueiros y José Clemente Orozco brillaba en México y en el mundo con fuerza inusitada, como erupción artística que conmovería el arte y el espíritu de la sociedad mexicana. Si la metrópoli adquiría sus mejores galas con los frescos de esos grandes maestros, el pueblo iniciaba movimientos de liberación social que iban a desembocar en los años del cardenismo, época de intensos movimientos sociopolíticos.

En ese tramo de nuestro desarrollo creció y se formó Alberto Beltrán. Fue un artista precoz que supo encontrar su camino y caminar con seguridad en él. A los dieciséis años ingresó en la Escuela Libre de Arte y Publicidad, esto es en 1939, en la que precisó sus inquietudes que le llevaron en 1943 a la Escuela Nacional de Artes Plásticas en donde encontró excelentes maestros: Carlos Alvarado Lang, quien lo encauzó con firme pulso y sapiencia en el arte del grabado; Alfredo Zalce, quien en plena juventud le descubrió los secretos de la pintura al fresco.

Dibujante por antonomasia, Beltrán --por razones vitales-- desarrolló amplia tarea de dibujante en los periódicos y revistas de la capital, tales como Excélsior (1942); Revista Mañana (1944); El Popular, que dirigía Alejandro Carrillo Marcor (1948), en el que permaneció largo tiempo; Novedades, en 1960; ese año también ingresó a la Revista Magisterio, motivado por sus ideales educacionales; en 1961 colaboró en el Diario de la Tarde y en 1962 en La Prensa. Ese mismo año, unido al equipo de Enrique Ramírez y Ramírez, ingresó a El Día como socio fundador y posteriormente como subdirector; hasta el día de su fallecimiento era Presidente de su Consejo Editorial y uno de sus colaboradores más activos. Sus oportunísimos cartones en El Día dominguero, la página que tenía a su cargo en El Gallo Ilustrado, revelan su incansable actividad, excelente información que volcaba certera y oportunamente en sus ilustraciones y la finura de su arte depurado, siempre renovado y novedoso. Su inclinación a la enseñanza, aspecto que trataré adelante, lo condujo a participar, en 1976, en la revista infantil Caminito. Colaboró con sus amigos de Jalapa en la publicación de Punto y aparte, que iniciada en 1978 aún se edita, y en la que Alberto, además de colaborar con sus ilustraciones, escribió artículos de fondo en torno de las artes. La revista Comercio también contó con su Cooperación. Actualmente participaba en la edición de Agua-Cero, periódico de la Cooperativa Pascual.

Su afán de difusor de las ideas y de la cultura que aquéllas promueven, le llevaron a editar dos periódicos de caricaturas en las que magistralmente captó --como señala atinadamente Samuel Ramos lo que debe contener toda caricatura-- los gestos y ademanes más característicos, involuntarios e inconscientes de hombres públicos, políticos, actores y actrices. El primero, surgido en 1958, fue Ahí va el golpe, cuyo solo nombre evoca el golpe, el ataque moral o físico que alguien va a experimentar por su conducta violenta o negligente. El segundo periódico de este tipo, que apareció en 1960, fue El coyote emplumado. En estos periódicos Beltrán proseguía la antigua tradición surgida en Europa y luego traída a nuestra tierra de ilustrar una prensa política que combatía los excesos de los hombres en el poder o los vicios de una sociedad decadente, frívola y corrupta. Los antecedentes de estas publicaciones hay que verlos en La Pandore, Le Miroir, que portaban los geniales dibujos de Daumier, y en La Orquesta, El ahuizote, y más tarde El hijo del ahuizote, ilustrados magistralmente por Constantino Escalante, José María Villasana y José Guadalupe Posada.

No termina con esta enumeración global la actividad periodística de Beltrán, sino que continuó día tras día hasta el día de su fallecimiento. Nos asombra que un hombre tan de nuestros tiempos haya rememorado con reconocida nostalgia el origen del periodismo ilustrado actual y con inquisitiva mirada nos haya señalado que algunas de sus fuentes se encuentran tanto en las célebres estampas de Epinal, que todavía siendo niños comprábamos en la librería de Venegas Arroyo en la calle de Guatemala, como también en las célebres Aleluyas que distribuía la casa Maucci de Barcelona y la cual también publicaba los cuadernillos de historia que escribía Heriberto Frías e ilustraba José Guadalupe Posada. De esta noble estirpe deriva en parte la labor de Alberto Beltrán que enriqueció día tras día el lado ilustrativo del periodismo mexicano.

En este aspecto conviene ahora señalar una obra que sin ser periódica linda en cierto modo con ese tipo de obras. Me refiero a la excelente serie de imágenes de hondo sentido nacional, auténticas por su fondo, carácter y espontaneidad que conforman el precioso libro: Los mexicanos se pintan solos. Juego de recuerdos (México, Sociedad Cooperativa de publicaciones mexicanas. 1986 --El Día en libros), cuya primera edición apareció en 1984 y lleva substancioso y grácil texto de don Ricardo Cortés Tamayo. Este notable libro de 284 páginas conjuga muy bien texto e ilustraciones, y pensamos que Cortés Tamayo elaboró su penetrante texto inspirado en los excelentes dibujos de Beltrán. Recordamos al hojear y ojear este libro el antecedente muy honroso del pasado siglo, Los mexicanos pintados por sí mismos, por varios autores (Ils. de Hesiquio Iriarte, México, Librería de M. Murguía, 1854), libro extraordinario que es un preludio al de Beltrán.

En este bregar continuo de revista a revista, de periódico a periódico para ganarse la vida honradamente --pues el maestro Beltrán no gozó de canonjía alguna, ni se promovió con generosos padrinos ni usó la publicidad fácil como medio, sino que llevó una vida modesta y decorosa, a través de su incesante trabajo y conducido por nobles y justos ideales de renovación social--, ingresó al Taller de Gráfica Popular, por entonces núcleo de renovación artística y social. La magistral dirección que le imprimieron a partir de 1937 Leopoldo Méndez, Pablo O'Higgins, Luis Arenal y Alfredo Zalce atrajo a las jóvenes generaciones de firmes aspiraciones, de espíritu creativo y reales cualidades como Raúl Anguiano, Ignacio Aguirre, Angel Bracho, Celia Calderón, Fernando Castro Pacheco, Elizabeth Catlett, José Chávez Morado, Francisco Dosamantes, Adolfo Mexiac, Fanny Rabel, Mariana Yampolsky y otros muchos que enriquecieron el panorama de las artes plásticas mexicanas. En ese grupo brilló con luz propia Alberto Beltrán. En varias exposiciones propiciadas por el Taller de Gráfica Popular figuraron grabados y dibujos de Beltrán. En el soberbio álbum: 450 años de lucha. Homenaje al pueblo Mexicano, figuran recios trabajos suyos que, además de obras maestras, son trabajos de gran rigor histórico. Paralelamente a los trabajos de este notable grupo, Beltrán ejecutó grabados y dibujos para carteles y propaganda cultural y política que integran una obra vasta e importante.

Beltrán, poderoso motor creativo, incursionó con singular acierto, pero menos suerte, en otra labor artística. En 1959 hizo los proyectos que sirven de base a la decoración en relieve de la parte superior del Hospital de Neumología del Centro Médico Nacional, los cuales realizó otro grande de las artes, Francisco Zúñiga. En 1963 ejecutó en mosaico un mural exterior del Museo de Antropología de Jalapa, Veracruz, el cual fue removido al Parque de los Lagos de esa misma ciudad. Dos años después, en 1965, en Veracruz ejecutó otro mural en mosaico para el Museo de ese puerto. En 1972, en ese Estado que acogía su trabajo, realizó un vitral monumental en el edificio del Registro Civil, y en 1988 pintó sobrio y regio mural en el nuevo edificio de la Procuraduría General de Justicia de la República en la ciudad de México.

Y ya pasando a enumerar otra de las labores más continuadas y fecundas de Alberto Beltrán, su labor de ilustrador de libros, debemos señalar que dado su interés por la renovación educativa del país y principalmente la desarrollada en el medio rural, colaboró durante largos años en el programa de elaboración de cartillas de alfabetización en lenguas indígenas, material didáctico vario, monografías antropológicas y educativas, de algunas de las cuales no sólo fue ilustrador sino certero y convincente autor, lo cual elaboró cuando Juan Rulfo dirigía el trabajo editorial del Instituto Nacional Indigenista. Los títulos de algunas de esas publicaciones son: Te Texa, La Teja (edición en tzeltal, 1954); Segunda cartilla Tzeltal (1954); Instructivo para el uso del material en la enseñanza del español (1955); Libro de Cuentos 2. Materiales de lectura para los niños otomies (1955); Animales que se ven y animales que no se ven (textos de Alberto Beltrán y Gastón García Cantú. Ils. de Adolfo Mexiac, 1957); Tajlumaltik. Nuestros pueblos. Primer libro (1952); Tajbontik. Libro auxiliar (1953); Miller, Walter S. Cuentos mixes. Introducción de Alfonso Villa Rojas (1956).

En estos trabajos realizados para un público rural, campesino fundamentalmente, se advierte el gran amor, la inmensa atracción que ese mundo ejerció sobre Alberto Beltrán. La reproducción de juegos, de actitudes, de recuerdos de una infancia lejana y extraña constituyen vivencias reales, ensoñaciones de una vida limpia, sana, de aconteceres infantiles, de remembranzas campiranas. Este hermoso capítulo de su vida de ilustrador, es tal vez, como igual ocurre en el caso de Adolfo Mexiac uno de los más frescos, vitales y de creación libérrima y gustosa. Fiel a su naturaleza de misionero itinerante, Alberto no gustó de los puestos burocráticos. Desempeñó con acierto la Dirección de Arte Popular de la Secretaría de Educación Pública de 1971 a 1976 y condujo con lucidez y agilidad el programa del Canal 13 de televisión; Este es México de 1984 a 1988.

Su labor tenaz, callada, recia y sin tregua le mereció obtener el primer premio de Carteles de Alfabetización en 1953; en 1956 el premio Nacional de Grabado; en 1968, el primer premio de grabado en la Primera Bienal Interamericana de pintura y grabado; en 1976, el Premio Nacional de Periodismo en la rama de ilustradores; y en 1985 el Premio Nacional en Bellas Artes. Fuera de estos galardones recibió dos grandes distinciones académicas: el ser designado, en 1968, Miembro de la Academia de Artes; y en 1980, haber ingresado al Seminario de Cultura Mexicana en el cual realizó extraordinaria labor por todo el país.

Referencia Internet, Información (septiembre 2004).

www.morgan.iia.unam.mx/usr/humanidades/232/COLUMNAS/DELATORRE

 

ALBERTO BELTRAN

1923-2002 (II)

Ernesto de la Torre

Instituto de Investigaciones Históricas

En esta segunda parte del artículo, paso a destacar algunos aspectos de la personalidad y de la labor de Alberto Beltrán. El cuerpo mediano, de lento pero incansable caminar, chamarra o sweater para cubrirse, y acompañado eternamente por un morral en el que lleva cuadernos, dibujos, periódicos, crayones, lápices y piezas de arte popular; esto conforma la silueta de Alberto Beltrán, que lo mismo se dirige hacia las oficinas de El Día, a la Academia de Artes o al Seminario de Cultura, que aparece en Zacatecas, Acámbaro, San Francisco del Rincón o Jalapa. Sus ojillos captan rápidamente, de un sólo golpe, a los diversos tipos de mexicanos que pasarán a formar parte de sus series de personajes, en sus maravillosos cartones, representativos del pueblo. Rápidamente, en su extraordinaria memoria visual retiene al indio y al obrero, al vendedor o al artesano, a la escolapia y al estudiante que caminan precipitadamente rumbo a la escuela. Recoge expresiones características, situaciones definitorias, rasgos inconfundibles del origen étnico, social y económico de sus personajes. Y por si ese inmenso conjunto popular fuera poco, lleva también en su mente, perfectamente configurados y definidos, a los hombres que ejercen el poder, los mandamases, los políticos en el candelero; a los magnates de la economía, del mundo de los negocios, y mas aún, a cientos de hombres y mujeres que trazaron su imagen en el quehacer histórico.

También muestra relevante de su capacidad de captación de tipos y actitudes populares, son las finas y certeras ilustraciones que acompañan el texto de Todo empezó el Domingo de Elena Poniatowska (dibujos de Alberto Beltrán, México, Ed Océano, México, 1997, 291 p. ils.).

Si tiene esa capacidad retentiva frente al mundo que lo rodea, y que lo ha llevado a ser el más fiel retratista de la sociedad mexicana, también tiene la maravillosa cualidad de expresar en imágenes siempre fieles, de una perfección admirable, el pensamiento de los escritores. Poetas, novelistas, historiadores, antropólogos, economistas y políticos le ofrecen sus páginas, no para repetirlas sino para recrearlas con prodigiosas figuras; para complementarlas con creaciones plásticas perfectas; para lograr que el pensamiento que en ellas se expresa se manifieste emotiva e intensamente, enriqueciendo con la expresión plástica las ideas contenidas en las palabras del autor .

Alberto Beltrán no ilustra, complementa la enseñanza que la obra literaria tiene; virtud que no siempre se da en los ilustradores. El maestro posee alta capacidad enseñante: lo que él aprende lo devuelve engrandecido y con emoción a los demás; y esta alta capacidad no se da sólo en sus innumerables dibujos, sino en las actitudes generosas, invaluables, que el artista tiene hacia un público que más y más le sigue, para escuchar de él, claras, limpias, sencillas definiciones de lo que es el arte; tanto el que hemos llamado clásico por su permanencia y alto significado -el que ha sido formado y constituido por genios universales-, como el arte que surge permanentemente de la inmensa sensibilidad del pueblo -el que fluye en sus pinturas, juguetes, en su habilidad manual e imaginativa, en su artesanía.

Si él logró formar un precioso e instructivo álbum de semblanzas de los cíclopes del arte mundial con el libroCincuenta pensamientos de artistas sobre el arte (México, Secretaría de Educación Pública, 1969), que ya va en su segunda edición, también ha formado -a través de sencillas pero profundas lecciones- catálogos que describen los múltiples objetos que artistas desconocidos han elaborado; materializando en el barro, la madera, la palma y otros medios que no son deleznables, sino inmortales y de noble origen, pues según sabemos, el hombre fue formado de barro y con la mano de su Creador. En estas lecciones que de continuo ofrece Alberto a un numeroso público formado de niños de los pueblos, de maestros rurales, la gente ordinaria se estremece al descubrir -por efecto de la palabra y las actitudes del maestro- la profunda belleza, el hondo significado que esos objetos de uso común tienen; entonces constatamos la inmensa capacidad docente que posee.

En varias ocasiones lo hemos visto y escuchado en Zacatecas, en Acámbaro, en Tlaxcala y Guanajuato -en mil villorrios de provincia-, remarcando la necesidad de apreciar el arte popular, de encausar en el estudio de las artes plásticas a un pueblo que lleva en el fondo de su alma la chispa genial del arte. Y si ha consagrado mucho tiempo, en sus frecuentes giras por la provincia mexicana, a explicar la importancia y trascendencia del arte, así como su valor formativo en la sociedad, esa misma actividad es la que realiza emprendiendo tareas periodísticas de profundo contenido. El periódico Punto y Aparte, que bajo la inspiración de Alberto aparece en Jalapa y que es muestra de una inteligente campaña educativa, no es otra cosa sino la prolongación, la expresión de la inmensa vocación magisterial que posee: la capacidad para afianzar en sus oyentes, en sus innúmeros seguidores, el valor que el arte tiene en la configuración de la sociedad. Hace comprender a la comunidad que le rodea con entusiasmo y que le admira por su clara, limpia y sincera palabra, la riqueza que en las expresiones sencillas del arte popular se encierran. Se trata de un nuevo tipo de misionero dedicado a salvar, a través de la estimación limpia y crítica, los valores que se encierran en las expresiones artísticas del hombre mexicano, del hombre de todos los tiempos. Esta actividad no es sólo de estimación, sino principalmente de salvación, de preservación de una de las virtudes que la sociedad mexicana tiene.

Esta actividad que manifiesta el gran poder de captación de la belleza dondequiera que se encuentre, se refleja, y esto es lo que nos interesa subrayar, en la asimilación prodigiosa de lo que escriben infinidad de hombres. Su captación no es sólo reproducción del pensamiento del otro, sino una recreación, una maravillosa explicación que complementa a la lectura. Algo que contribuye a magnificar su obra es la adecuación histórica que otorga a sus ilustraciones. La amplia cultura histórica de Alberto Beltrán, producto de sus dilatadas lecturas, de su conocimiento de las épocas, de los lugares, costumbres, indumenta y personajes -rigurosamente definidos y caracterizados con base de estricta documentación-, otorga a su obra un alto valor, una confiabilidad extrema. En este sentido, su obra debe equipararse a la de Diego Rivera, quien siempre trató de retratar los aspectos históricos apegándose a una fiel imagen de la realidad; tal vez más retratista Rivera que Beltrán, cuya imaginación supera a la realidad.

Las imágenes que Beltrán ha plasmado en torno a personajes y acontecimientos de muchas épocas, reflejan su amplia cultura histórica y su gran capacidad de recreación de importantes sucesos del pasado; su gran fidelidad al plasmar acontecimientos y actores, mas impregnándolos con su profunda sensibilidad. Las ilustraciones que hizo para el libro de San Pedro Claver muestran la crueldad del esclavismo, el rigor de la pérdida de libertad de los negros; las escenas del ingreso de los conquistadores a las tierras de Anáhuac son tan fieles y tan certeras como las imágenes que logró al mostrar a los hombres de la Reforma: los liberales puros perdiéndose en el desierto; o al plasmar el goce que estos tuvieron al entrar cubiertos de gloria a la ciudad de México, luego de la caída del Imperio intervencionista. El grabado que muestra el ingreso del carro presidencial de Benito Juárez a la ciudad de México es una obra magistral, tanto por la imaginación prodigiosa del autor, el realismo que priva en la representación de la época, el entorno y los personajes, cuanto por la magistral destreza técnica del artista.

Fidelidad creativa, sensibilidad expresiva, capacidad artística aunada a una gran disciplina, es lo que nos muestra la fecunda e inmensa obra de Alberto Beltrán. A él pueden ser aplicados aquellos pensamientos que Samuel Ramos virtió en forma espléndida al hablar de la esencia del arte: "La realidad humana es transfigurada por la magia del arte, al mismo tiempo que adquieren conciencia y plenitud aquellos aspectos profundos que yacen dormidos bajo la capa de los intereses cotidianos. El arte no es pues un lujo y una superfluidad, ni tampoco una actividad divergente de la vida". Y luego dirá: "El arte es fruto de una creación humana, y a su vez promueve la creación del hombre". Lo que le importa al arte, añade Ramos, es la formación del hombre; y en este aspecto, la labor de Alberto Beltrán es eminentemente formativa, tiende a crear conciencia. La crítica social y política que expone en sus dibujos alerta nuestra mente, crea en nosotros sentimientos de solidaridad y de unidad en torno de altos valores e ideales.

En otra parte hemos publicado una lista bastante incompleta de apreciables obras, a partir de 1944, ilustradas con trabajos del maestro. Suman mas de quinientos títulos, y buena parte de sus ilustraciones fueron regalos amistosos que hizo a sus amigos, pues Alberto Beltrán no era un artista que le gustara cotizar desmesuradamente su trabajo. Fue a muchos amigos -"hermano", acostumbraba llamar en sus dedicatorias- a quienes obsequió preciosas viñetas; bellas imágenes para libros de aprendices de escritor.

Alberto Beltrán falleció en la Ciudad de México el viernes 19 de abril de este año a los ochenta años de edad. Su valor como artista no ha sido apreciado debidamente. (Al cerrar estas páginas, nos llega la infausta noticia del fallecimiento de una artista, Mariana Yampolsky, quien también fuera pilar fundamental del Taller de la Gráfica Popular).

Referencia Internet, Información (septiembre 2004).

www.morgan.iia.unam.mx/usr/humanidades/233/COLUMNAS/DELATORRE

 

Nota Sección Cultura, Periódico LA JORNADA, México D.F. Sábado 20 de abril de 2002.

Murió Alberto Beltrán, dibujante y continuador de la Escuela Mexicana

El artista reiteró su deseó de poner sus obras al servicio de las nuevas generaciones

Desde su trinchera, fue consecuente con sus ideas, señala el grabador Jesús Martínez.

Merry Mac Masters

El dibujante y grabador Alberto Beltrán García, exponente de la Escuela Mexicana, falleció ayer a las 9:50 horas en el hospital López Mateos del ISSSTE, donde el también ilustrador, caricaturista y diseñador fue internado el 12 de abril a consecuencia de un infarto cerebral. Hace dos años, en una operación del corazón, le fueron implantados cinco bypass. Tenía 79 años.

Su médico y amigo de toda la vida, Héctor Peralta, expresa a La Jornada que Beltrán, antes de caer en un estado de inconsciencia hace dos días, reiteró su deseo de que su aporte como artista estuviera a la disposición de las siguientes generaciones y que les sirviera de formación. Don Alberto, indicó el galeno, también fue docente; incluso, se consideraba un tlacuilo, en el sentido prehispánico del maestro anónimo.

Peralta recordó que hace un par de años en la sede de la Sociedad Mexicana de Geografía e Historia, Alberto Beltrán había expresado una vez más su desacuerdo con los programas oficiales de educación que no estimulaban la sensibilidad hacia el arte, en especial las artes plásticas. Ahora su familia, se empeñará en mantener ese espíritu, asegura el entrevistado.

Compromiso con el pueblo.

Nacido en la ciudad de México, el 22 de marzo de 1923, Beltrán cursó estudios, de 1939 a 1940, en la Escuela Libre de Arte y Publicidad -años más tarde sería su director- antes de ingresar, en 1943, a la Escuela Nacional de Artes Plásticas, en la que asistió a los talleres de grabado en metal de Carlos Alvarado Lang y al de pintura al fresco de Alfredo Zalce.

De 1945 a 1959 formó parte del Taller de Gráfica Popular (TGP), del cual fue presidente en varios periodos.

En su libro El grabado mexicano en el siglo XX, 1922-1981, el investigador Hugo Covantes consigna las denuncias de Beltrán manifestadas en los años 50, ya que ''la censura a la obra del TGP fue constante" por parte de las nuevas corrientes artísticas.

Beltrán, escribe Covantes, ''formaba parte del conjunto de artistas ya establecidos a quienes los nuevos, los 'coléricos', acusaban ya en la década de los años 50, de tradicionalistas y decadentes".

También muralista, en 1959 Beltrán hizo los proyectos que sirvieron de base para la decoración en relieve de la parte superior del Hospital de Neumología del Centro Médico Nacional, los cuales fueron realizados por Francisco Zúñiga. De 1963 es su mural en mosaico, caracoles y cerámica para el exterior del Instituto de Antropología de la Universidad Veracruzana en Jalapa, Veracruz, el cual fue trasladado al Parque de los Lagos, en esa ciudad. Dos años después realizó un mural de mosaico en la bóveda del Museo de la Ciudad de Veracruz y, en 1972, un vitral monumental en el edificio del Registro Civil de ese puerto. En 1988 pintó un mural con la utilización de acrílicos en la Procuraduría General de la República, en la ciudad de México.

Alberto Beltrán fue miembro fundador de la Academia de Artes en 1968. Para el grabador Jesús Martínez, también integrante de esa instancia colegiada, Beltrán fue una persona ''muy auténtica en toda la extensión de la palabra, comprometido, sobre todo con una clase social muy importante que es el pueblo. Convivió mucho con las comunidades rurales. Iba largas temporadas a los pueblos, a dar conferencias, a llevar su obra. Fue un tipo de artista que ya no existe. Nunca medró con su trabajo, es decir, era un grabador desde su trinchera, con sus ideales y su compromiso gráfico".

Heredero de Posada.

Para el pintor y grabador Arturo García Bustos, miembro de la sección de gráfica de la Academia de Artes, Beltrán fue heredero de José Guadalupe Posada y Leopoldo Méndez: ''Junto con tantos maestros del pasado enriqueció la conciencia del pueblo mexicano con sus obras. Tuvo una preocupación social y su fuente de inspiración era el anhelo de un México mejor, más hermoso y más justo".

Como caricaturista e ilustrador, Beltrán se inició en el periódico El Popular; trabajó en varios diarios de circulación nacional. En 1962 fue socio fundador de El Día, del que fue subdirector gráfico y presidente del consejo editorial. Recibió los premios nacionales de Periodismo (1976), en la categoría de cartones, y el de Artes en 1985.

De acuerdo con su última voluntad, el cuerpo de Alberto Beltrán es velado en las instalaciones de El Día, donde hoy permanecerá hasta las tres de la tarde. Posteriormente, será incinerado.

Referencia Internet, Información (septiembre 2004).

www.jornada.unam.mx/2002/abr02/020420/02an1cul.php?printver=1

En opinión de Elena Poniatowska, 28 de Diciembre, 2002.

El dibujante Alberto Beltrán, quien murió este año de 2002, fue uno de los miembros más destacados del taller de la gráfica popular. Su facilidad para grabar y dibujar, dejaba pasmados a todos sus compañeros.

Decidió muy joven ser un artista del pueblo no participar en el arte individualista de las galerías y no sucumbir en la vanidad.

Antifacista, Alberto Beltrán atacó abiertamente a Hitler y a Mussolini, y le fue negada la visa a Estados Unidos.

Hizo muchas cartillas de alfabetización al trabajar en el Instituto Nacional Indigenista, en idiomas indígenas traducidos al español, y muchos dibujos inolvidables de denuncia para los mexicanos más pobres.

Referencia Internet, Información (septiembre 2004). 

www.esmas.com/noticierostelevisa/enopinonde/270864.html

    

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